Autor del informe

Diego Costa
Cardiólogo, Médico de planta, Hospital de Clínicas "José de San Martín", Servicio de cardiología, Buenos Aires, Argentina
Los beneficios de la actividad física son incuestionables. No obstante, al igual que sucede con casi cualquier otra exposición, la manera de hacerla y la dosis determinan el grado de beneficio y hasta el posible perjuicio. Todavía existe incertidumbre sobre el mejor tipo de ejercicio para cada población, y cuál es la medida óptima.
En el resumen objetivo sobre el trabajo
Vigorous Physical Activity Dos not Lower All-cause and Cardiocerebrovascular Mortality more tan Meoderate Physical Activity inage Hypertensive Patients, destaca cómo los autores evaluaron los efectos de 3 niveles de actividad física en la población de adultos mayores de 65 años con hipertensión arterial (HTA). Estos niveles se determinaron de la siguiente forma: sedentarismo (sin actividad); actividad física moderada (AFM) = 30 minutos por
sesión, = 5 días por semana; y actividad física vigorosa (AFV) = 20 minutos por sesión. Sin embargo, esta definición de niveles de actividad física puede ser problemática, porque no mide de manera directa la intensidad, por ejemplo, con METs (Metabolic Equivalent of Task). Además, depende del reporte de los participantes, que pueden tener sesgos e inconsistencias; del análisis se categorizaron a 2897 personas en el grupo sedentario, 684 en el de AFM y 1880 en el de AFV.
Las personas que hacían AFV comparadas con las de AFM tenían mayor frecuencia de tabaquismo, de sobrepeso y de HTA, lo esperable es que hubiera menos personas en el grupo de AFV, y además probablemente con menos comorbilidades. Se podría entonces conjeturar que el grupo de AFV hacía sólo menos tiempo de actividad, y no necesariamente más vigorosa. Los resultados, que indican que la AFV no ofrece beneficios sobre la AFM, y que incluso puede ser perjudicial en ciertos grupos, pueden estar sesgados por estas consideraciones.
Existen algunas posibles explicaciones del aumento de mortalidad dada por una actividad más vigorosa, que los autores puntualizan: el aumento del flujo cerebral que podría desencadenar más eventos, o alteraciones autonómicas que aumenten la susceptibilidad a la isquemia miocárdica y a las arritmias. Sin embargo, es poco probable que estos efectos sean numéricamente tan grandes como para modificar los resultados generales. Además, varios estudios previos encontraron resultados discordantes, en los cuales la mayor intensidad de actividad física se asoció con una mejoría del control de la presión arterial (PA) y menos eventos cardiovasculares de manera global.
La mayor fortaleza de este estudio está dada por la cantidad de individuos que se incluyeron, en total 5461, con datos obtenidos de una encuesta muy confiable como lo es la de la National Health and Nutrition Examination Survey (NHANES), realizada por los Centers for Disease Control and Prevention. Esto dio la posibilidad de llevar a cabo ajustes por los principales factores de riesgo de manera confiable, y obtener datos de mortalidad comprobables. Sin embargo, las limitaciones de la definición de actividad física hacen que sea difícil sacar conclusiones definitivas. Queda claro que la actividad física redujo la mortalidad total con respecto al sedentarismo, pero el objetivo central del estudio de determinar el impacto de la intensidad de la actividad aún permanece incierto.
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