Para Felipe II, enfermo, su palacio de El Escorial resume a España entera

De Terra Nostra, por Carlos Fuentes. Seix Barral, Buenos Aires: 1976. Los subtítulos, agregados por la redacción de S(i)C, no son ajenos a la obra: reproducen palabras textuales del autor, espigadas en otras páginas de la novela.

   
   

En Terra Nostra, publicada en 1975, el gran escritor mexicano nos conduce a través de los achaques físicos y anímicos de Felipe II para trazar una parábola de ese «imperio desnudo que se imagina vestido con ropajes de oro». Revela así el carácter cíclico de nuestra historia, la condición de espejo de España que es la América y la inmutabilidad del tiempo que, misteriosamente y a pesar de todas las modernidades, sigue enlazando a los de uno y otro lado del Atlántico con ataduras imposibles de suprimir.

Como a los halcones enfermos, así atendió ese amanecer Guzmán a su Señor, con untos y cocidos e infusiones varias, según lo reclamaban las dolencias del amo, echado sobre la cama, sin fuerzas, agotado por los siempre aplazados males que en un instante saben reunirse verduguillo en mano; por el desvelo, el amor y el creciente horror de su conciencia.

–Tome, Señor, le servía Guzmán, tome este cocimiento de grama que es remedio admirable contra las dificultades de la orina y sobre todo contra aquellas que proceden de llagas de la vejiga, y déjeme untarle en los pies la hiel caliente y húmeda del gato montés, que resuelve y ablanda el mal de gota.

–¿Quién abrió la lucarna, Guzmán?; la alcoba se ha llenado de mosquitos, es verano, las aguas muertas de esta llanura son aguas viejas y de ellas se alimentan los mosquitos.

–No se preocupe, Señor, he puesto un vaso con sangre de oso debajo de la cama, y a él acudirán todos los mosquitos y morirán ahogados.

–Yo, yo me ahogo...»

MUERTE EN VIDA, MIEDO, SILENCIO...
«–¿Un joven acompañante, dices?–Sí; e idéntico a... a ese joven príncipe traído aquí por vuestra madre, hasta en los signos de una común monstruosidad: seis dedos en cada pie y una roja cruz de carne en la espalda...

–¿Gemelos, Guzmán? ¿Conoces la profecía?–No, Señor...–Los gemelos anuncian siempre el fin de las dinastías. Son el exceso que promete una pronta extinción. Y un pronto renacimiento. Ah, Guzmán, ¿por qué has tardado en revelarme estas cosas? ¿serán estos gemelos el signo dual de la desaparición de mi casa y de la fundación de una nueva estirpe? Guzmán, no me atormentes más. (...)

«–Basta, Guzmán, el único pesar que me puedes quitar es el de este temor a que las cosas cambien, a que el mundo sea algo más que el mundo contenido dentro de mi palacio... Guzmán, date cuenta: yo maté a los inocentes para asegurar la permanencia de mi mundo. No me digas que lo amenazan la usura, el dinero, la deuda y un par de muchachos desconocidos; no me arrebates, Guzmán, la razón de mi vida; no destruyas la piedra fundadora de mi existencia; todo, aquí, dentro del cerco de piedra de mi palacio; aquí mis dudas; aquí, mis crímenes; aquí, mis amores; aquí, mis enfermedades; aquí, mi fe; aquí, mi madre y su príncipe imbécil y su enana; aquí, mi esposa intocada; aquí, incorporados a mí y a mi palacio, estos desconocidos que traerás ante mi presencia; aquí, mis palabras contradictorias, Guzmán, y también mi fragilidad; sé que soy contradictorio, tanto como lo son mi profunda fe y la sarta de herejías que repito para ponerla a prueba, sí, pero también para demostrarte a ti, a mí, a nadie, a todos, a las paredes que oyen, que mi conocimiento es tan cierto como endeble, que esa prisca sapientia, esa sabiduría fundamental de las cosas, no es ajena a mí, aquí la guardo, aquí en mi cabeza, aquí en mi pecho, Guzmán, añadiendo luces a sombras y sombras a luces, para que en algún lugar, a pesar de las contradicciones o gracias a ellas, exista la inteligencia de que nada es totalmente bueno o totalmente malo; eso lo sé yo, aunque no todos crean, sepan o entiendan que lo sé, y éste es el privilegio de la larga permanencia De mi casa sobre esta tierra, con todos sus crímenes y locuras; eso lo justifica todo, Guzmán, ésa es mi sabiduría y todo lo pasado pasó para que alguien, uno, solo, yo, lo supiera y le bastara, tristemente, saberlo sin poder gobernar con esa sapiencia, pues entonces, tienes razón, perdería el gobierno, aunque no el conocimiento de que el bien y el mal se confunden y alimentan el uno al otro; eso lo sé yo, aunque para nada me sirva, y no lo sabe tu usurero hispalense, ni tus peones quejosos, ni tú mismo lo sabes, Guzmán, pues el día que todos ustedes se sienten en mi trono, tendrán que aprenderlo todo de nuevo, a partir de la nada, y cometerán los mismos crímenes, en nombre de otros dioses; el dinero, la justicia, ese progreso del que tú hablas; carecerán de la mínima tolerancia que mi conciencia de la locura, del mal, de la fatalidad, de lo imposible, de la humana fragilidad, de la enfermedad y el dolor y la inconstancia del placer, nos aseguran a todos. Equilibrio, precario equilibrio, Guzmán; quémese a un joven sólo por su crimen nefando y por ningún otro; protéjase la vida pero castíguese la culpa de mi Cronista enviándole a galeras como cura de inocencia; hágame yo ciego y sordo ante otras evidencias. ¿Quién pintó el cuadro de la capilla? Tú quisieras saberlo, Guzmán, si en esa pintura vieses, como yo he visto, una culpable rebeldía del alma, pero yo sé hacerme sordo y ciego y mudo cuando la solución de un problema sólo crea mil nuevos problemas.

Mira ese mapa que cuelga sobre el muro: mira sus límites, los pilares de Hércules, las bocas del Tajo, el Cabo Finiesterre, la lejana y fría Islandia, luego el abismo universal, las espaldas de Atlas, la parsimoniosa tortuga sobre cuyo caparazón descansa la tierra: Guzmán, júrame que no hay más, me volvería loco si el mundo se extendiese una pulgada más allá de los confines que conocemos: si así fuese, tendría que aprenderlo todo de nuevo, fundarlo todo de nuevo, y no sabría más de lo que saben el usurero, el peón o tú mismo: mis espaldas, como las de Atlas, están fatigadas; no soportan más peso; ni habría cupo en mi cabeza para una braza más de mar o una caballería más de tierra: España cabe en España, y España es este palacio...

–Míreme, Señor, dijo Guzmán, míreme, entiéndame, multiplíqueme y convénzase: España ya no cabe en España.»

MISERABLES REALIDADES
«Rápido, montero, dijo Guzmán al abandonar la alcoba del Señor delirante, que la compañía armada salga al llano y traiga aquí mismo, a la capilla del Señor, a ese atambor y a su joven acompañante; no nos demos punto de reposo para no darle reposo a nuestros agobiados soberanos; actuemos con nuestros músculos y nuestra sangre, sin fatiga, para que se fatiguen las cabezas y los corazones de nuestros señores; buenos y eficaces aliados tengo, que han sabido simular los aullidos de Bocanegra y justificar la muerte del can maestro; que han sabido aprovechar la ensoñación venérea del Señor para cambiar las velas consumidas por cirios frescos, colmar los cántaros vaciados y voltear a tiempo los relojes de arena; que han sabido rescatar de la fosa común donde dormía el sueño eterno con el cadáver de Bocanegra al despojo del náufrago aquí llegado dentro del féretro del padre del Señor y enterrarlo en su justa tumba para escarnio de las pretensiones de la vieja loca; rápido, actuemos, pues nuestra es la acción y suyas las locuras de la razón desviada; rápido, búsquese a la Dama Loca y dígasele que la proclamación del Príncipe y la enana como herederos de la corona tendrá lugar esta misma mañana; y los monteros que están cerca de los peones revoltosos, que vayan a las canteras, a las fraguas y a los tejares, y le digan a ese Jerónimo y a ese Martín y a ese Nuño que no teman, que yo estoy con ellos, que las puertas del palacio estarán abiertas cuando ellos se decidan a atacar; que sepan los obreros quién es el heredero, el imbécil que habrá de regirles a la muerte del Señor; y al usurero sevillano, tú, montero, ve y hazle saber que el Señor ha tenido a bien extenderle título y honores de Comendador y al Comendador, una vez enterado de su nombramiento, hazle saber tú, montero, que su hija la novicia ha sido seducida y violada por el joven amante de la Señora y a la Señora hazle saber que la misma novicia que sedujo al Señor ahora tiene atrapado, otra vez prisionero del amor, al muchacho que salvamos de la playa del Cabo de los Desastres; y al Señor...al Señor yo mismo le enteraré, llegado el momento oportuno, de que ese joven se acuesta por igual con su amante la novicia y con su intocada Señora esposa; le enteraré de que hay aquí, no dos intrusos, sino tres, y los tres idénticos entre sí, no gemelos sino triates, ja, y a ver qué negra profecía le recuerda este hecho nada singular, sino bien triangular, como diría ese ingenuo y bizco caldeo de la torre en sus trastabilladas pláticas con el no menos ingenuo aunque intrigante fraile Julián; gusto tendremos, monteros, gusto y girigiriguay; confíen en Guzmán; de esta aventura, pase lo que pase, saldremos fortalecidos yo, en primer término, y luego, conmigo, ustedes, mis fieles compañeros; confíen en Guzmán.»




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