Higiene en los burdeles de Madrid en el Siglo de Oro

De La vida cotidiana en el Siglo de Oro español, por Néstor Luján. Planeta, Barcelona: 1988.

   
   

«Hacia 1620 se intentó reglamentar y vigilar la salud de las pupilas de los burdeles e incluso de las cortesanas que ejercían su oficio. En los establecimientos controlados, un médico reconocía a las mujeres para ver si estaban sanas, y por otra parte la alcahueta [n de R.: celestina] que las custodiaba tenía obligación de dar parte si es que padecían algún mal contagioso.»

Digamos que antes, para entrar en un burdel como la mancebía de las Solanas, una joven tenía que aportar un documento ante el juez de su barrio, conforme era mayor de la edad de doce años, que había perdido la virginidad, era huérfana de padres desconocidos, o abandonada por la familia, siempre que ésta no fuese del estamento noble. Había una ceremonia al efecto: se presentaban ante el juez, quien, patriarcal y escéptico, les enjaretaba un sermón sin convicciones, citado con voz monótona y sacristanesca y en el que las invitaba a desistir de sus torcidos intentos. Después de esta deslucida plática moral, que normalmente no las convencía, les otorgaba un documento donde las
autorizaba a ejercer su oficio, siempre -como hemos señalado- bajo unas estrictas reglas sanitarias, y las inspecciones del lenocinio por expertos e inspectores que muy a menudo de nada servían, no sólo por la escasa ciencia de quienes estaban destinados a estas examinaciones, sino también por su poco o ningún celo.

Con ello hemos de señalar que la salud en el mundo del vicio madrileño andaba muy de capa caíada. La aparición masiva de la sífilis ocurrió a finales del siglo XV. Esta era la enfermedad que más temían y que aparece frecuentemente en la poesía satírica y en la narrativa de la época. Ya en el siglo anterior, la sífilis es principal protagonista de La lozana andaluza. La lozana, a pesar de que hoy ese adjetivo significa salud y frescura, era sifilítica, según lo explica punto por punto su autor. La presenta con huellas visibles de la enfermedad, desde una estrella en la frente hasta la pérdida del vello, aunque no de la cabellera. En el Madrid del siglo XVII las alusiones a la sífilis son constantes y en ellas es especialista sobre todo Francisco de Quevedo, que alude al que entonces en España se llamaba «mal francés» y en Francia «mal napolitano» o «español», junto a enfermedades como el «caballo» [n. de R.: según el Diccionario de la Academia, «tumor de origen venéreo, generalmente en la región inguinal»)]. Así alude Quevedo a esta enfermedad contagiosa:

Mujer hay en el lugar
que a mil coches por lacayos
echará cuatro caballos
que los saben bien echar.

También Cervantes habla de la sífilis en su novela El casamiento engañoso, refiriéndose al alférez Campuzano: «A lo si estoy en esta tierra o no, señor licenciado Peralta, el verme en ella le responde; a las demás preguntas no tengo qué decir, sino que salgo de aquel hospital, de sudar catorce cargas de bubas que me echó a cuestas una mujer que escogí por mía, que non debiera.» Insiste Cervantes en la misma obra en uno de los inevitables efectos de las bubas sifilíticas, que era la alopecia, denominada vulgarmente lupicia y también, a lo italiano, pues de Italia venía la enfermedad, «pelarela.»



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